Hay una palabra que, después de tantos años fuera de Venezuela, sigue apareciendo en mis conversaciones, en mis pensamientos y hasta en esos momentos en los que uno se queda mirando una fotografía vieja, esa es REGRESARÉ. Para unos será una afirmación, para otros una pregunta, para otro exclamación dependerá de cómo te la digas a ti mismo.
No sé cuándo será. No sé cómo será ese día. Tampoco sé qué voy a encontrar cuando vuelva. Pero tengo claro que quiero regresar.
Y cuando digo regresar no me refiero solamente a volver a Venezuela. Pienso en volver a mi ciudad, caminar por lugares que conozco, visitar a la familia, encontrarme con amigos, sentarme a conversar sin que exista una pantalla de por medio y volver a vivir algunas de esas cosas sencillas que antes parecían normales y que hoy, después de tantos años, tienen otro significado.
Estoy seguro que muchos venezolanos que estamos fuera entienden perfectamente de qué hablo.
Uno aprende a vivir en otro país, nos adaptamos, trabajamos, emprendemos, hacemos nuevos amigos, construimos nuevas relaciones, conocemos otras costumbres, culturas, comida, olores, sonidos, aprendemos otras maneras de hacer las cosas y sobre todo, aprendimos a comenzar de nuevo.
En mi caso, y creo que también ustedes tuvimos la oportunidad de conocer personas maravillosas fuera de Venezuela. Algunas de ellas probablemente nunca las habría conocido si no hubiese migrado.
Personas que me tendieron la mano, escucharon, que entendieron mi historia y que, en algún momento, me dijeron y me hicieron sentir que esta tierra que me recibió también se convirtió en mi casa grande en esa segunda Patria, porque una me parió Venezuela, la otra me aceptó como un hijo adoptivo República Dominicana y quien me lee desde cualquier otro país, ese venezolano solo debe colocar el nombre del país donde se encuentre.
A esas personas también les tengo gratitud.
La migración tiene muchas historias, no todas son de dolor, también hay encuentros, aprendizajes, oportunidades y amistades que terminan siendo parte importante de nuestra vida.
A pesar de esa salida hay algo que permanece y permanecerá con nosotros, es la relación con el lugar donde nacimos. En mi caso, con Venezuela y con Maracaibo.
Uno puede pasar años fuera, pero hay recuerdos que aparecen en cualquier momento. Un olor, una comida, una canción, una expresión, una fotografía o una conversación pueden llevarte inmediatamente a un lugar que creías distante.
Y entonces aparecen los recuerdos, las personas.
La madre que uno quisiera abrazar y no solamente ver por una cámara de teléfono.
Los familiares que envejecen mientras nosotros estamos lejos.
Los amigos que dejamos y que, cuando volvemos a hablar con ellos, nos damos cuenta de que han pasado los años, pero seguimos teniendo la misma confianza.
También están los hijos que crecieron durante este proceso. Los que conocieron Venezuela de una manera diferente a como nosotros la conocimos. Y pienso en ellos y en la responsabilidad que tenemos de contarles de dónde venimos, de enseñarles nuestras ciudades, hablarles de nuestras costumbres, mostrarles los sabores, la música, las historias familiares, los lugares donde crecimos y esas pequeñas cosas que forman parte de nuestra identidad.
No quiero que Venezuela sea solamente un país del que ellos escucharon hablar en casa. Quiero que sepan que allí está una parte importante de nuestra historia.
También he pensado mucho en cómo la distancia nos cambia.
No creo que necesariamente nos haga mejores personas. Sería exagerado decirlo así. Pero sí creo que nos hace valorar cosas que antes teníamos cerca y que quizás no apreciábamos suficientemente, como decimos “No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos”.
Hoy entiendo de otra manera un cumpleaños en familia, una reunión de amigos, una conversación larga después de comer, una visita sin avisar, a mi mama dándome la bendición, un padre esperando que uno llegue, un amigo diciendo vamos a tomarnos un café o vamos a beber.
Son cosas pequeñas, pero cuando estás lejos empiezas a entender cuánto significaban.
También aprendimos a querer desde lejos.
A decir “te quiero” por teléfono, celebrar por videollamadas, estar pendientes de una enfermedad, de un cumpleaños o de cualquier situación familiar sin poder estar físicamente allí.
¿Eso les deja una sensación difícil de explicar?, bueno uno está presente y ausente al mismo tiempo. Por eso, cuando pienso en regresar, no pienso en encontrar exactamente la Venezuela que dejé.
Sé perfectamente que eso no será posible.
Han pasado muchos años.
Las ciudades cambian. Las personas cambian. Nosotros cambiamos.
Algunas personas ya no estarán, lugares que habrán desaparecido o serán diferentes. Habrá casas que ya no reconoceremos y calles que tendremos que volver a recordar para ubicarnos nuevamente.
También ausencias que serán difíciles de enfrentar, familiares, personas que se iniciaron su descanso eterno sin que pudiéramos despedirlas, esto también será regresar.
Por eso me pregunto algunas veces: ¿qué voy a hacer cuando regrese?
¿A quién voy a buscar primero?
¿A quién voy a abrazar?
¿A qué lugar voy a ir?
¿Qué voy a decir cuando vuelva a estar frente a esas personas a las que durante años les dije “te quiero” desde lejos?
No tengo todas las respuestas y ustedes tampoco, pero creo que cada venezolano que está fuera tiene las suyas.
Algunos salieron hace diez años, otros hacen quince, veinte o más, algunos se fueron con una maleta llena de planes, otros salieron porque no encontraron otra alternativa.
Algunos viajaron en avión, otros por carretera, otros atravesaron fronteras en circunstancias que nunca imaginaron vivir.
Cada historia es distinta, y tenemos algo que nos une, todos dejamos algo atrás, y también encontramos algo en el camino, nuevos amigos, oportunidades, personas que nos ayudaron gente que nos dijo “bienvenidos”.
Personas que quizá nunca habían tenido un venezolano cerca y que terminaron entendiendo nuestra historia, nuestra manera de hablar, nuestra comida, nuestra música y nuestra forma de relacionarnos.
A ellos también les debemos parte de lo que somos hoy.
La migración nos hizo encontrarnos con personas que en Venezuela probablemente nunca hubiésemos conocido y eso también forma parte de nuestra historia.
Por eso mi regreso, cuando ocurra, no será solamente un regreso físico, voy a volver con todo lo que estos años he aprendido, amigos que hice, experiencias que viví, dificultades que tuve que superar, personas que me ayudaron, historias que fui acumulando, sobre todo, con una valoración diferente de aquello que dejé.
No sé si volveré para quedarme, no sé si la vida permitirá que sea así, lo que sí sé es que quiero volver.
Quiero caminar nuevamente por mi ciudad, sentarme con los míos, escuchar esas conversaciones que durante años quedaron pendientes, abrazar a quienes todavía están, recibir la bendición de mi madre en vivo no por teléfono, y también quiero recordar, con gratitud, a quienes ya no están y a quienes no pude despedir creo que ese será uno de los momentos más difíciles y más necesarios.
Regresar también significa enfrentarse a todo lo que pasó mientras estuvimos lejos, a los años, a las ausencias, a los cambios, a las pérdidas y en este caso la vida continúa, porque nos esperan quienes nos quieren volver a ver.
Cuando llegue ese día, no encontremos exactamente el país que dejamos.
Tendremos esa sensación que muchos hemos tenido alguna vez, estando lejos, cuando pensamos en Venezuela y nos decimos para nosotros mismos “Algún día voy a volver”.
Yo sigo creyendo que ese día llegará y cuando llegue, no quiero regresar solamente para recordar lo que fui, quiero regresar para reconocer lo que soy después de todos estos años.
Quizás eso sea también parte de la experiencia de migrar, descubrir que podemos construir una vida lejos sin dejar de querer aquello que nos hizo quienes somos.
Por eso lo digo sin saber cuándo, pero con la certeza de quien lo siente de verdad:
REGRESARÉ.
Y cuando lo haga, espero poder mirar a los ojos a los que quiero, abrazarlos fuerte y decirles algo que durante tantos años tuve que decir a través de una pantalla:
“Ya estoy aquí”.
