Por Hugo Sánchez /Periodista/Director Ejecutivo Globalízate Radio.
Hay distancias que se miden en kilómetros y otras que se llevan en el alma. Los venezolanos que vivimos fuera de nuestra patria conocemos muy bien ambas. Podemos estar a miles de kilómetros de la calle donde crecimos, de la casa donde aprendimos a soñar, de nuestros padres, hermanos, amigos y de aquellos lugares que guardan una parte de nuestra historia. Sin embargo, hay algo que ninguna frontera podrá arrebatarnos: el sentimiento profundo de seguir siendo venezolanos y el deseo de ver a nuestra tierra levantarse de nuevo.
Hace diez años que vivo en el exilio. Como tantos compatriotas, tuve que dejar atrás una vida construida, afectos, recuerdos y una cotidianidad que jamás imaginé abandonar. No fue una decisión sencilla, nadie se despide de su país con el corazón tranquilo cuando se marcha porque necesita buscar oportunidades, proteger a su familia o encontrar un futuro que siente que en su propia tierra se le ha vuelto imposible alcanzar.
Nos fuimos para vivir mejor, para darles a nuestros hijos oportunidades, para trabajar, para respirar con esperanza y para construir aquello que las circunstancias de nuestro país nos fueron negando. Algunos salieron con una maleta; otros, apenas con lo puesto. Muchos emprendieron el viaje con la incertidumbre de no saber dónde dormirían, de qué trabajarían o cuánto tiempo pasaría antes de volver a abrazar a los suyos.
Y así comenzamos de nuevo.
Tuvimos que aprender otras leyes, adaptarnos a culturas diferentes, entender nuevas formas de vivir y, en muchos casos, enfrentarnos a idiomas desconocidos. Tocó aceptar trabajos que nunca imaginamos desempeñar, comenzar desde abajo, estudiar nuevamente, tocar puertas, soportar prejuicios y demostrar, una y otra vez, que éramos capaces. Hubo días de cansancio, de lágrimas escondidas, de soledad y de preguntas sin respuesta. Hubo cumpleaños a través de una pantalla, abrazos pendientes y despedidas que todavía duelen.
Pero también descubrimos algo extraordinario: somos mucho más fuertes de lo que creíamos.
Descubrimos nuestra capacidad para levantarnos, reinventarnos, aprender y avanzar aun cuando el camino parecía demasiado difícil. Comprendimos que la resiliencia no es una palabra bonita, sino esa fuerza que nos hace salir de casa cada mañana, trabajar con dignidad, cuidar de nuestros hijos, ayudar a nuestros familiares y seguir soñando incluso cuando la nostalgia nos aprieta el pecho.
Hoy somos millones de venezolanos construyendo nuestras vidas en otros países, somos trabajadores, profesionales, emprendedores, estudiantes, madres, padres, jóvenes y adultos mayores, personas que hemos aportado nuestros talentos, esos que ni siquiera conocíamos a las sociedades que nos recibieron.
Es precisamente esa experiencia la que debemos poner al servicio de Venezuela.
No nos fuimos para dejar de ser venezolanos, a veces, entre el trabajo, las responsabilidades familiares, los compromisos económicos y el esfuerzo diario por salir adelante, podemos sentir que lo urgente ocupa todo nuestro tiempo. Es comprensible, la vida como migrante no siempre deja espacio para detenernos a pensar en lo que ocurre a miles de kilómetros.
Sin embargo, Venezuela sigue allí, en nuestras conversaciones, en la comida que preparamos para sentirnos en casa, en las canciones que escuchamos, en las llamadas a nuestros familiares y en esa emoción que nos recorre cuando encontramos a otro venezolano en una ciudad desconocida.
Venezuela también vive en nuestros hijos e hijas, tanto en quienes nacieron allá como en quienes nacieron en el país que hoy nos acoge. Vive en las historias que les contamos, en las palabras que les enseñamos, en las tradiciones que conservamos y en el orgullo con el que les explicamos de dónde venimos.
Cuando escuchamos nuestro himno nacional desde lejos, cuando suenan las primeras notas del Gloria al Bravo Pueblo, algo sucede. Por un instante, la distancia parece desaparecer. Volvemos a sentirnos en el patio de nuestros colegios, en los actos escolares, en las plazas, en los juegos de pelota, en las actividades de nuestras vidas, en aquellos momentos en los que cantar el himno era parte natural de nuestra vida.
Ese sentimiento nos recuerda que nuestra identidad no se quedó en el aeropuerto el día que salimos, nos acompaña dondequiera que estemos.
Por eso, la diáspora venezolana no puede ser vista únicamente como una población que vive en el exterior, que envía remesas o que espera noticias de su país. Somos una fuerza humana, profesional, social y ciudadana que tiene mucho que aportar a la Venezuela que soñamos reconstruir.
No se trata de idealizar nuestras capacidades ni de creer que, por haber emigrado, tenemos todas las respuestas. Se trata de reconocer lo que hemos aprendido, las dificultades que hemos superado y las herramientas que hemos adquirido. Se trata de comprender que esa experiencia también puede convertirse en una contribución para nuestro país.
Y es aquí donde me atrevo a escribir unas diez razones por las que la diáspora debe participar activamente en la nueva Venezuela, del porque nos deben tomar en cuenta para este proceso que viene.
1. Tenemos derecho a participar en el futuro de nuestra patria.
Haber emigrado no borra nuestra historia ni nuestros vínculos con Venezuela; seguimos teniendo razones para preocuparnos por su destino y para contribuir, desde nuestras posibilidades, a que el país recupere sus instituciones, sus libertades y sus oportunidades.
2. La experiencia adquirida fuera del país puede convertirse en conocimiento para reconstruirlo.
En estos años hemos aprendido de otras sociedades, de sus instituciones, de sus modelos educativos, de sus sistemas de salud, de sus iniciativas empresariales y de sus formas de organización ciudadana. Todo ese aprendizaje puede servir para pensar soluciones adaptadas a la realidad venezolana.
3. Somos millones de voces que pueden hacerse escuchar.
Cuando la diáspora se organiza, participa y comunica sus propuestas, puede visibilizar las necesidades de Venezuela ante gobiernos, instituciones, organismos internacionales, medios de comunicación y sociedades de acogida. La voz individual importa, pero una ciudadanía organizada puede alcanzar mucho más.
4. La reconstrucción necesita ciudadanos, no solamente dirigentes.
La transformación de un país no puede depender exclusivamente de quienes ocupan cargos políticos o aspiran a ejercerlos. Requiere ciudadanos comprometidos, organizaciones sociales, profesionales, estudiantes, trabajadores, empresarios y comunidades dispuestas a participar y a exigir resultados.
5. Podemos ayudar a construir una cultura democrática.
La nueva Venezuela necesita respeto por las diferencias, instituciones que funcionen, libertad de expresión, justicia, transparencia y participación ciudadana. Podemos promover esos valores desde nuestras comunidades, aprender de las experiencias que conocemos y defenderlos sin importar nuestras preferencias políticas.
6. Nuestros hijos también merecen una Venezuela a la que puedan mirar con orgullo.
Los niños que salieron pequeños y los que nacieron fuera merecen conocer la historia de sus padres, sus raíces y la riqueza de su país de origen. No para obligarlos a vivir de recuerdos ajenos, sino para que puedan decidir libremente qué relación desean mantener con Venezuela y, si así lo quieren, contribuir a su futuro.
7. Por la solidaridad que hemos construido en el exterior puede convertirse en una red de oportunidades.
Las asociaciones, fundaciones, organizaciones profesionales, grupos comunitarios y redes de venezolanos pueden facilitar formación, cooperación, intercambio de conocimientos, iniciativas sociales y vínculos con quienes trabajan por la recuperación del país.
8. Porque el trabajo de la diáspora debe ser reconocido y escuchado.
Quienes hemos sostenido familias, creado empresas, desarrollado proyectos, estudiado, investigado y trabajado en otros países tenemos experiencias que pueden enriquecer las decisiones sobre el futuro nacional. Nuestra participación debe ser valorada por nuestros aportes y capacidades, sin privilegios, pero tampoco sin exclusiones.
9. La unidad ciudadana es más grande que cualquier diferencia partidista.
Podemos tener distintas ideas, pertenecer a diferentes organizaciones o discrepar sobre los caminos que debemos seguir. Eso no tiene por qué separarnos de un propósito común: una Venezuela libre, democrática, justa y con oportunidades. La unidad no significa pensar todos igual; significa saber encontrarnos en lo esencial.
10. Venezuela necesita que transformemos la nostalgia en acción.
Extrañar al país es natural. Llorar por lo que dejamos atrás también. Pero podemos dar un paso más: convertir ese amor en participación, organización, solidaridad, propuestas y compromiso. No basta con preguntarnos cuándo cambiará Venezuela, también debemos preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer, desde donde estamos, para ayudar a que ese cambio sea posible.
No se trata solamente de la política. Se trata de ciudadanía.
Hoy, muchos venezolanos en el exterior están trabajando en espacios políticos, organizativos y comunitarios. Hay compatriotas convocando encuentros, creando redes, promoviendo iniciativas y buscando formas de mantener viva la esperanza de un cambio. Ese esfuerzo merece ser reconocido.
La participación de la diáspora no puede limitarse a la militancia política, ni depender exclusivamente de las estructuras de un partido. La fuerza ciudadana es mucho más amplia.
También está en la madre que organiza a otras familias; en el joven que pone sus conocimientos tecnológicos al servicio de una iniciativa; en el profesional que comparte su experiencia; en el periodista que informa; en el abogado que orienta; en el docente que educa; en el emprendedor que abre oportunidades; y en cada venezolano que decide dedicar una parte de su tiempo a una causa que trasciende sus necesidades individuales.
Está en las organizaciones de la sociedad civil que, dentro y fuera de Venezuela, trabajan por los derechos humanos, la educación, la asistencia social, la integración, la democracia y la dignidad de las personas.
Por eso, mi invitación es sencilla y directa: organicémonos, participemos y sumemos nuestras capacidades.
Si en el país donde vives existen organizaciones venezolanas que trabajan por estos propósitos, acércate, conócelas y evalúa cómo puedes contribuir. Si hay actividades ciudadanas, encuentros, iniciativas solidarias o espacios de formación, participa. Y si en tu comunidad todavía no existen, conversa con otros compatriotas, identifica necesidades y promueve iniciativas responsables.
No todos tenemos que hacer lo mismo. No todos disponemos del mismo tiempo ni de los mismos recursos. Lo importante es comprender que siempre puede existir alguna manera de contribuir.
Desde República Dominicana, donde he construido parte de mi vida durante estos diez años de exilio, sé que las jornadas laborales, las obligaciones económicas y los compromisos familiares son reales. Sé que hay personas que apenas encuentran tiempo para descansar. Por eso, este llamado no pretende juzgar a quien todavía no ha podido participar. Pretende recordarnos que, cuando tengamos la oportunidad, podemos hacer algo más que esperar.
La Venezuela que soñamos necesitará de todos de quienes permanecen en el país y de quienes tuvimos que marcharnos; de quienes tienen experiencia y de quienes apenas comienzan su camino; de quienes dedican años a la lucha democrática y de quienes hoy descubren que también pueden ser parte de ella.
A ti, venezolano que estás lejos de casa que estás en España, República Dominicana, Brasil, Panamá, Italia, Japón, Estados Unidos, Australia, Portugal, Costa Rica, Argentina, Canadá, Colombia o en cualquier otro lugar del mundo: quiero hablarte de compatriota a compatriota.
Sé que estás trabajando duro, que comenzaste de nuevo, que construiste una familia, que tus hijos crecen hablando otros acentos y que hay días en los que te preguntas si algún día volverás a caminar por las calles que conociste desde niño.
Tal vez saliste hace dos, cuatro, siete, diez años, hace veinte. Quizás te fuiste siendo apenas un niño y hoy eres un adulto que conoce Venezuela principalmente por las historias de sus padres. O tal vez eres un joven que tuvo que abandonar sus estudios, sus amigos y sus sueños para buscar una oportunidad lejos de casa.
Cualquiera que sea tu historia, hay algo que quiero decirte: tu experiencia, tu voz, tu conocimiento, tu vínculo con Venezuela importa.
No permitas que la distancia te haga sentir que ya no tienes nada que aportar. No pienses que, porque tu vida está ahora en otro país, tu compromiso con el futuro de Venezuela perdió sentido.
Pregúntate por un momento: ¿quieres regresar algún día a un país donde puedas vivir con dignidad, libertad y seguridad? ¿Quieres que tu voz sea escuchada en la construcción de una Venezuela distinta? ¿Quieres que tus hijos, hayan nacido donde hayan nacido, conozcan una patria de oportunidades, instituciones sólidas y respeto por los derechos humanos? ¿Quieres que el legado de quienes lucharon antes que nosotros sea tomado en cuenta?
Si tus respuestas son SI, entonces llegó el momento de dar el paso.
No te pido que abandones lo que construiste, que descuides a tu familia ni que pongas en riesgo tu estabilidad. Te invito a reconocer que también puedes contribuir desde donde estás, con tus conocimientos, tu tiempo, tus ideas y tu capacidad de organizarte con otros.
Nuestra Venezuela no necesita que todos estemos físicamente dentro de sus fronteras para comprometernos con ella. Necesita que quienes estamos fuera comprendamos que también formamos parte de su presente y que podemos contribuir responsablemente a su futuro.
“Nuestra casa común siempre va a ser Venezuela”.
Esta frase la tiene la federación más grande en el mundo de organizaciones venezolanas “Coalición por Venezuela”, está presente en 23 países y el trabajo realizado es extraordinario
Una casa común no pertenece a una sola persona, a una sola generación ni a una sola corriente política. Es el lugar que compartimos, el espacio al que pertenecemos y cuya recuperación nos convoca a todos.
Venezuela es nuestra casa común. La de quienes permanecen allí y la de quienes vivimos en el exterior, esa la casa a la que queremos regresar pronto. Es la casa común de quienes conservamos intactos recuerdos y la de quienes están aprendiendo a conocerla a través de las historias familiares.
Esa casa necesita reconstruirse sobre bases firmes: democracia, libertad, justicia, respeto por los derechos humanos, instituciones independientes, oportunidades económicas, educación, salud, convivencia y reconocimiento de la dignidad de cada persona.
Necesita una ciudadanía que participe, que vigile, que proponga, que dialogue y que no renuncie a su derecho de exigir cuentas. Necesita que las diferencias no nos impidan reconocer aquello que nos une.
También necesita que comprendamos que la reconstrucción será una tarea de largo aliento. No bastará con la emoción de un día ni con la esperanza de un anuncio. Harán falta conocimientos, planificación, trabajo, acuerdos, instituciones y compromiso sostenido.
La diáspora debe y tiene que ser parte de ese proceso, no para sustituir a quienes viven y resisten dentro de Venezuela, sino para trabajar junto a ellos, escuchar sus necesidades, respetar su protagonismo y poner nuestras capacidades al servicio de un proyecto de país que incluya a todos.
Nuestro tricolor nos convoca, El amarillo, el azul y el rojo, junto a nuestras ocho estrellas, representan una identidad que no debemos entregar a la apropiación de nadie. Nuestra bandera, Himno Nacional y nuestra historia nos pertenece a todos los venezolanos. No son patrimonio exclusivo de franquicias partidistas ni de organizaciones particulares. Son símbolos de una nación cuya diversidad debe tener cabida en el futuro que construyamos.
Vale la pena luchar por Venezuela
Como periodista venezolano, como ciudadano que vive en el exilio y como alguien que conoce el esfuerzo de comenzar de nuevo, sigo creyendo que Venezuela merece nuestra atención, nuestro compromiso y nuestra esperanza.
No ignoro las heridas, no desconozco el dolor de las familias separadas, las oportunidades perdidas ni el cansancio de quienes llevamos años esperando un cambio, tampoco creo que basten las palabras para resolver los problemas de un país.
Pero sé que un país no se reconstruye únicamente con edificios, carreteras o cifras económicas. Se reconstruye también con personas que vuelven a creer, con ciudadanos que se organizan, con instituciones que recuperan su legitimidad y con una sociedad que entiende que la libertad debe defenderse y la democracia debe ejercerse.
Por eso, quiero una Venezuela donde nuestros jóvenes no tengan que marcharse para encontrar oportunidades; donde las familias puedan permanecer juntas sin que la necesidad las obligue a separarse; donde los profesionales puedan desarrollar sus capacidades; donde emprender no sea una carrera de obstáculos; donde la justicia no dependa de la posición de una persona y donde nadie tenga que abandonar su hogar para aspirar a una vida digna.
Quiero una Venezuela en la que quien se fue pueda regresar si así lo desea, sin miedo y con oportunidades reales; una Venezuela que reciba con respeto a sus hijos y que también reconozca lo que aprendieron y construyeron durante su ausencia.
Quiero un país donde la diversidad de ideas sea una fortaleza, donde la libertad de expresión sea respetada y donde la participación ciudadana no sea una concesión, sino un derecho.
Y quiero que, cuando llegue el momento de escribir una nueva página de nuestra historia, que podamos decir que la diáspora venezolana no se conformó con mirar desde lejos, que nos organizamos, que participamos, que aportamos nuestros conocimientos y que caminamos juntos a quienes nunca dejaron de luchar dentro de nuestro país.
No sé cuándo podremos abrazarnos nuevamente en una Venezuela plenamente libre y democrática. No sé cuánto tiempo tomará reconstruir lo que fue destruido, lo que si se es que no debemos renunciar a la posibilidad de contribuir a ese futuro.
A ti, venezolano que estás lejos, te digo: no dejes que la distancia apague tu voz. Busca a tus compatriotas, participa en tu comunidad, apoya a las organizaciones que trabajan con responsabilidad y haz de tu experiencia una herramienta para construir. No tienes que hacerlo todo, pero puedes hacer algo.
Nuestros hijos merecen una Venezuela que no sea solamente un recuerdo contado por sus padres. Merecen la posibilidad de conocer una nación de la que puedan sentirse orgullosos. Y nosotros merecemos que tantos años de esfuerzo, sacrificio y esperanza también puedan traducirse en un futuro mejor para nuestra tierra.
Que el día en que volvamos a escuchar juntos el Gloria al Bravo Pueblo, no sea solamente para recordar lo que perdimos, sino para celebrar lo que, con esfuerzo y unidad, fuimos capaces de recuperar.
Que nuestra bandera vuelva a unirnos por encima de nuestras diferencias, nuestra voz ciudadana se escuche, la experiencia cuente, que nuestra participación sea real.
Nunca olvidemos que ser venezolanos no termina en una frontera.
