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Efectos de la Migración

Extraño casi todo, menos la Harina PAN

Sí, así de literal.

Gina Caldera/Periodista/Dir. Globalízate Radio · 514 palabras 15 visitas

Redacción Gina Caldera/Periodista/Dir. general Globalízate Radio.

De la migración se puede esperar cualquier cosa. Uno aprende que aquello que creyó cotidiano puede convertirse de repente, en motivo de nostalgia y que otras cosas que pensó que dejaría atrás para siempre terminan acompañándolo, casi silenciosamente, en el nuevo lugar que comienza a llamar hogar.

Siempre escuché decir que el amor entra por la boca.

 Yo, particularmente, pensaba que entra primero por los ojos. Después de migrar, comienzo a creer que ambas cosas son ciertas.

Cuando llegué al país que me acogió, República Dominicana, una de las primeras imágenes familiares que encontré en los supermercados fue aquel paquete rectangular que se mantiene de pie, casi como una esfinge,  el amarillo intenso, la mujer con la que tantas generaciones de venezolanos nos identificamos y dentro, algo mucho más importante que la harina misma, la posibilidad de reproducir un pedacito de nuestra cotidianidad.

Era la masa para que nuestras arepas continuaran llegando a la mesa.

Allí estaba. Accesible, cercana, disponible. Como siempre debió ser.

Y ese es precisamente el punto de este monólogo por su presencia cotidiana, la Harina PAN fue algo que no necesité extrañar. 

Sentí que había migrado conmigo y con los miles de paisanos que también encontraron en este país caribeño una nueva oportunidad.

Puede parecer un detalle menor. Pero cuando se migra, los detalles adquieren dimensiones que antes desconocíamos.

Encontrar un sabor, un aroma, una canción, una palabra o un producto que nos devuelve por unos segundos a la cocina de nuestra casa puede hacer más ligera la carga de la nostalgia. Son pequeños puentes entre lo que dejamos y aquello que comenzamos a construir.

Con los años, esos elementos también empezaron a formar parte de mi nueva vida. Y esta etapa, que alguna vez llamé “nueva”, ya no lo es tanto. 

Después de años viviendo fuera de Venezuela, también aquí existen recuerdos, rutinas, afectos y memorias. Ya no se trata únicamente de recordar lo que quedó atrás, sino de reconocer todo lo que hemos sido capaces de construir después de partir.

Quizás esa sea una de las grandes lecciones que me ha dejado la migración, no todo está perdido cuando nos vamos.

Donde sea que lleguemos podemos reconstruir. Podemos volver a tejer, como lo hacen pacientemente las arañas después de que su red se rompe. Hilo a hilo. Encuentro tras encuentro.

Porque la soledad puede ser una elección, pero la comunidad también.

Y las comunidades migrantes también se construyen alrededor de aquello que reconocemos como nuestro, la comida, las costumbres, los encuentros, las palabras, las historias compartidas y esos pequeños símbolos capaces de decirnos, sin pronunciar una sola frase aquí también hay algo de casa.

Por eso extraño muchas cosas.

Extraño lugares, personas, momentos, sabores y una Venezuela que permanece inevitablemente vinculada a mis afectos.

Pero la Harina PAN no tuve que extrañarla.
Ella, de alguna manera, también migró.

Gracias por ser parte de esta comunidad y de tantas mesas que, aun estando lejos, siguen reuniéndose alrededor de una arepa.

Y no, esto no es publicidad.

Es sentimiento, memoria e identidad.


 

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