Redacción Hugo Sánchez/Periodista/Dir. Ejecutivo Globalízate Radio.
Hay cosas que uno lleva en la maleta cuando emigra. Algunas caben en una caja, otras en una fotografía, en una canción, en una palabra en un recuerdo. Pero hay algo que los venezolanos pareciera que llevamos “debajo del brazo” la harina para hacer arepas. Así como nuestras abuelas y tías decían cuando nacía un niño “tiene un pancito debajo del brazo”, los venezolanos que salimos del país podríamos decir que nos fuimos con la harina debajo del brazo.
No es exageración, la arepa salió de Venezuela con nosotros. Viajó en maletas, en cajas, en pequeños emprendimientos, en restaurantes y sobre todo, en la memoria de quienes un día tuvieron que comenzar una nueva vida lejos de casa. Hoy está en supermercados, colmados, abastos y tiendas de muchos países y quizás más de un venezolano haya sentido ese pequeño golpe de emoción al encontrarse, lejos de casa, con un paquete de harina de maíz precocida.

Ese amarillo tan conocido, ese empaque que reconocemos a distancia y esa imagen que nos resulta tan familiar pueden provocar algo difícil de explicar. Uno lo ve y algo pasa, el corazón se acelera un poquito, sonreímos, miramos alrededor y quizás pensamos en nuestros hijos, en nuestros padres, en los hermanos, en los amigos, en la pareja o en aquella familia que dejamos al otro lado del mapa. En ese momento no estamos viendo solamente un paquete de harina, estamos viendo un pedacito de Venezuela.
El ritual que hacemos porque es así agarramos la ponchera, la taza, el recipiente de siempre; el agua, la sal y la harina. Las manos comienzan a mezclar y casi sin pensarlo, aparece esa sensación que solamente conoce quien ha hecho arepas toda la vida. La masa entre las manos, el movimiento para darle forma, el budare o utensilio calentándose y ese olor del maíz cocinándose, de pronto, aunque estemos a miles de kilómetros, sentimos que estamos en casa.

La arepa tiene algo especial, se adapta a todo, puede ser asada, frita u horneada, gruesa, delgada, grande o pequeña, con queso, carne, pollo, aguacate, ensalada, pernil, pescado o prácticamente cualquier cosa que la imaginación permita. Están las arepas cabineras, el tumbarrancho y tantas otras preparaciones que forman parte de la enorme diversidad gastronómica venezolana y está la más sencilla de todas, una arepa sola, recién hecha, quizás con un poquito de mantequilla ¡qué cosa tan buena ¡ diría nuestro muy respetado Ricardo Cepeda.
Nuestra arepa no necesita demasiado para hacernos felices. Quizás por eso viajó tan lejos y entró con tanta facilidad en otras culturas. La arepa venezolana no llegó a los países donde emigramos para quedarse encerrada en una receta, llegó para ser compartida, allí comenzaron las nuevas combinaciones, porque la arepa tiene esa capacidad de encontrarse con otros sabores sin perder lo que la hace nuestra.
Dominicanos que descubrieron la arepa venezolana, panameños, españoles, argentinos, chilenos, peruanos y personas de tantos otros lugares se acercaron con curiosidad, probaron y terminaron preguntando cómo se prepara. Una de las cosas bonitas de la arepa es que invita a sentarse a la mesa, cuando alguien se sienta a nuestra mesa, también comienza a conocer un poquito de nosotros.

Epa ¡no podemos dejar por fuera la arepa pelada o arepa pe´la, esa que tiene un sabor diferente porque se prepara con el maíz que se pela y luego se convierte en masa. Es de esas arepas que quizás no todos conocen, pero que cuando aparecen en la mesa traen consigo recuerdos de pueblo, de familia y de cocina de antes. Una arepa de esas que uno prueba y enseguida piensa en la abuela, en la tía o en aquella casa donde siempre había algo rico esperando sobre la mesa.
Ese viaje de la arepa también tiene sus reconocimientos fuera de nuestras fronteras. La reina pepiada, una de las preparaciones venezolanas más conocidas, aparece entre los platos venezolanos mejor valorados por los usuarios de TasteAtlas, una plataforma gastronómica internacional que reúne y clasifica comidas de distintas partes del mundo. La gastronomía venezolana también aparecer en sus rankings internacionales, llevando nuestros sabores a una audiencia que quizás nunca había tenido la oportunidad de probarlos.

La arepa no solamente llegó a los rankings más laureados y reconocidos. Su historia y su presencia en la cultura gastronómica venezolana también están recogidas en publicaciones y proyectos que tiene respetos internacionales. Obras como Una Arepa por la Paz, Una Arepa por el Mundo y Una Arepa para el Futuro tienen el valor para estar en los Gourmand Awards y los International Latino Book Awards. Recientemente, en 2026, Una arepa hecha postal recibió el Premio Tenedor de Oro de la Academia Venezolana de Gastronomía. Son reconocimientos que, de alguna manera, hablan de lo que significa este alimento para nuestra cultura.

Y si hablamos de quienes quedaron encantados después de probarla, también aparece un nombre conocido por millones de personas alrededor del mundo, Anthony Bourdain. El reconocido chef, escritor y presentador estadounidense incluyó la arepa venezolana entre sus comidas favoritas, una referencia que ayudó a que muchas personas que seguían sus programas y sus recorridos gastronómicos descubrieran este plato que para nosotros siempre forma parte de nuestra vida cotidiana.
La arepa incluso tiene historias que parecen sacadas de una novela.
Una de ellas es la de la reina pepiada, cuyo nombre nació como homenaje a Susana Duijm, la primera venezolana y primera hispana en ganar el Miss Mundo, en 1955. Aquella arepa rellena de pollo y aguacate terminó convirtiéndose en una de las preparaciones más conocidas de nuestra gastronomía. Una reina de belleza que quedó para siempre ligada a una reina de nuestra mesa.

Venezuela sigue llevando sus sabores al mundo. En 2026, el país figura entre los nominados de los World Travel Awards en la categoría de principal destino culinario de Sudamérica. No se trata de decir que ya ganamos ese reconocimiento, sino de entender que la gastronomía venezolana continúa ganando espacio y despertando interés fuera de nuestras fronteras.
Todo esto quizás parezca mucho para hablar de una arepa. Pero para un venezolano no lo es, la arepa no es simplemente una comida, es parte de nuestro vivir, podemos decir que la harina esta en nuestro ADN, nos sacan la sangre y en el resultado nos dicen barbaros son RHPAN+ o RHPAN-, jajajajajajaja ¡ah vaina así es, se ríen, pero así es ¡

Somos un país de sabores, de mezclas y de creatividad, un país de familias que muchas veces inventan algo con lo que tienen en la nevera y terminan creando una maravilla.
¿Cuántos sabores puede tener una arepa venezolana? Probablemente más de “cuchucientos millones”, como diría cualquiera de nosotros en una conversación familiar, porque siempre aparece alguien con una nueva combinación.
Ahora, viviendo fuera, también podemos imaginar qué ocurre cuando la arepa se encuentra con los sabores de los países que nos recibieron. Una arepa con ingredientes dominicanos, con sabores panameños, con productos argentinos, chilenos, peruanos o españoles. Nuevas ideas que pueden convivir con nuestras recetas tradicionales sin quitarles su esencia.
Adaptar la arepa no significa dejar de ser venezolanos. Por el contrario, significa que nuestra cultura sigue viva, que se mueve, que se encuentra con otras culturas y que también es capaz de compartir.
Quizás por eso la arepa tiene tanto significado para quienes estamos lejos. Nos recuerda a nuestras madres, abuelas, tías, a aquella cocina donde alguien siempre estaba preparando algo. Nos recuerda las mañanas antes de ir al colegio, los desayunos familiares, las conversaciones alrededor de la mesa y esos momentos sencillos que, con los años, terminamos entendiendo que eran enooooooooorrrrrmeeees.

La arepa guarda recuerdos, paladares, olores, historias. Guarda familia, esperanza. Para muchos venezolanos que emigramos, hacer una arepa en un país nuevo fue una manera de decir: “Aquí estoy. Esta es una parte de quien soy y quiero compartirla contigo”. Por eso la arepa también se convirtió en una herramienta de encuentro, una manera de comenzar una conversación, de explicar cómo se prepara, de invitar a alguien a probarla y de escuchar ese inevitable: “¡Qué buena está!”.
Y llegó esa sonrisa del venezolano que agradece que alguien más haya descubierto algo que para él ha formado parte de su vida desde siempre. Esa sonrisa también habla de la gratitud hacia quienes nos recibieron y de la alegría de poder compartir una parte de nuestra cultura con quienes hoy forman parte de nuestra nueva comunidad.

La arepa se internacionalizó con la migración venezolana, detrás de cada arepa que hoy se prepara fuera de Venezuela probablemente existe una historia. La de una madre que quiso conservar una tradición, un joven que comenzó un pequeño negocio, una familia que encontró en la cocina una forma de salir adelante, un emprendedor que llevó un sabor venezolano a una nueva ciudad o la de alguien que, sencillamente, necesitaba sentirse cerca de casa.
Por eso, cuando vemos una arepa en otro país, no estamos viendo solamente comida, estamos viendo también el esfuerzo de una migración que ha trabajado, emprendido, aprendido, compartido y construido nuevas vidas sin dejar atrás sus raíces.
Quizás allí está la verdadera magia, porque la arepa puede cambiar de relleno, puede prepararse de distintas maneras y puede encontrarse en una mesa muy lejos de Venezuela, pero hay algo que no cambia, su capacidad para recordarnos de dónde venimos.
Este 12 de septiembre, cuando se celebra el Día Mundial de la Arepa, quizás valga la pena detenernos un momento antes de darle el primer mordisco. Pensar en Venezuela, en nuestras familias, en quienes nos enseñaron a prepararla, en quienes ya no están, los que están lejos, en aquellos que comenzamos una nueva vida en otro país. También podemos pensar en quienes hoy, sin ser venezolanos, disfrutan de una arepa, algún amigo, vecino, compañero de trabajo o familiar venezolano se la sirvió por primera vez.
La arepa también es un puente entre Venezuela y el mundo, entre la memoria y el presente, entre quienes se fueron y quienes se quedaron, son nuestras raíces y los nuevos caminos y si pudiera resumir esa manera tan venezolana de compartir, probablemente sea esta; “Una arepa no se le niega a nadie”.
Así que este 12 de septiembre, celebremos la arepa, la que se hace en Venezuela y en el país donde nos encontremos viviendo; la de queso, carne, pollo, la de aguacate, el tumbarrancho, la cabimera, la frita, la asada, la horneada o simplemente la que nos comemos sola o con mantequilla.
Celebremos ese círculo de masa que cabe entre las manos y que, de alguna manera, también lleva un país entero dentro.

Nuestra arepa no solamente representa a Venezuela representa a los venezolanos, donde haya una arepa, probablemente habrá también un venezolano orgulloso de sus raíces, trabajador, dispuesto a compartir una sonrisa y agradecido con el país que lo recibió.
La arepa es nuestra memoria, identidad, familia, encuentro, esperanza. Es Venezuela y quizás por eso, después de tantos kilómetros recorridos, seguimos haciendo lo mismo que hacíamos en casa, agarrar el envase, poner el agua, agregar la sal, echar la harina, mezclar con las manos, formar una arepa y sentir, aunque sea por unos minutos, que estamos otra vez en casa, en Venezuela.
¡Ahhhh… qué sabrosa es la arepa!
Redacción Hugo Sánchez/Periodista/Dir. Ejecutivo Globalízate Radio.
